Kazuo Ishiguro: un escritor anfibio entre dos patrias

Kazuo Ishiguro: un escritor anfibio entre dos patrias
Kazuo Ishiguro: un escritor anfibio entre dos patrias

Ciudad de México

Para hablar de Kazuo Ishiguro conviene hablar de la ausencia, del jardín infantil y del desarraigo. Admite, sin embargo, más calificaciones. Una descripción obvia entregaría su figura como un escritor periférico, emigrante que en el trance del viaje prometió llenar de vida al idioma inglés. Una declaración a tono deduciría que Ishiguro viajó de la periferia al centro, por la simple razón de que añoraba, sin haberlo perdido todavía, el complejo rumor del idioma inglés. Una voz en defensa del adiós argumentará que su nacimiento en Japón y su vida posterior en Inglaterra lo convierten en un tipo inmensamente rico por querer que el recuerdo y lo inmediato se tomen de la mano como buenos amigos.

Desde sus primeros tiempos como escritor, Ishiguro opone el pasado feliz al presente insatisfechoCuando fuimos huérfanos (Anagrama, Barcelona, 2001) contiene la fórmula de la infelicidad como acto supremo de la indagación. Buscando el origen encontramos el argumento de nuestras peores pesadillas, buscando el origen encontramos la piedra filosofal de nuestras tristezas tenaces. El pasado, en clave de Ishiguro, invita a la contemplación de la oscuridad.

¿Quién es entonces Kazuo Ishiguro? Valdría decir: un escritor nacido en Nagasaki, Japón, cuya familia emigró a Inglaterra en 1960, cuando él tenía seis años. También valdría decir: el autor de siete novelas extraordinarias y un libro de relatos que nos hablan en sueños y que transmiten la fortuna de pertenecer a dos mundos. Esa fortuna se aparece ante nosotros una y otra vez: vamos de Oriente a Occidente, y viceversa, como del jardín infantil a los salones de baile.

Las novelas de Ishiguro tienen tiempo de cruzar de uno a otro lado

Se ha dicho, se ha llevado al colmo de la publicidad, que Oriente y Occidente son términos opuestos o, como escribió Kant, inconmensurables, incapaces de tocarse. El mundo actual, a pesar de sus avenidas tecnológicas y de sus recursos globales, persevera en este lugar común. Ishiguro avanza en sentido contrario.

Lejos de Oriente, desde Occidente, Ishiguro recupera Oriente. Desde Oriente, desde la otra orilla, Ishiguro reinventa Occidente. ¿Cuál es la lección? No hay espacios inconmensurables que no puedan fundirse mediante la imaginación literaria. Con Ishiguro la orilla se vuelve central. No quiero hablar de mestizaje, de síntesis o unidad de los contrarios. La tensión se mantiene. La tensión es un gran estimulante. A Ishiguro le queda muy bien el traje de anfibio.

Sus novelas trazan una Inglaterra pálida y borrosa. Japón, en cambio, y aun lo que llamamos Oriente, se impone a nuestros ojos con todas sus profundidades y todos sus contornos. No cuesta mucho entender que los valores se hayan invertido. Japón, Oriente, sirve como escenario de la imposibilidad de obtener respuestas claras del pasado.

Los restosdel día (1989), su tercera novela, escenifica el lento y aburrido paso del tiempo en la Inglaterra de mediados de la década de 1950. La lentitud y el aburrimiento, como a veces pasa, ocultan una historia de complicidad política y criminal. Ishiguro escribe desde ahí con un tono que escamotea y al mismo tiempo traza las líneas que lo mismo recurren a la luz que a la penumbraUn artista del mundo flotante (1986) ocurre al otro lado, en Japón. Un pintor en retiro se echa a  cuestas el trabajo de explicar el presente a partir de sus visitas incómodas y sin permiso al pasado. Importa mucho lo que sucede luego de que ambos argumentos se ponen en movimiento. Pero importa más la estrategia de Ishiguro para ocupar uno y otro mundo con la naturalidad de quien se siente igual aquí o allá. ¿Cuál es la opción correcta? ¿Por qué debemos elegir entre Oriente u Occidente? Ishiguro responde: nado en dos aguas.

Sin el jardín de la infancia no somos más que extraños que no hacen ruido al caminar

No es fácil asistir al encuentro inteligente de dos mundos. La política solo ofrece el consuelo de un apretón de manos, la religión te hace comprar un billete para que te ganes una dosis de buena voluntad. Por el efecto mediador del recuerdo, Ishiguro entrega los momentos en que Oriente y Occidente no son uno solo, claro, sino la pelota de uno entrando en el jardín del otro. Se encuentran porque así podría ocurrir… y ese momento activa los resortes de la memoria. Lo grandioso de Ishiguro es que sus novelas tienen tiempo de cruzar de uno a otro lado. Tienen tiempo para que Oriente y Occidente evoquen a sus padres difuntos y contemplen el pasado como a un amigo sentado a la mesa. El dato importante es la manera en que Ishiguro nos convence del poder evocador de la novela. En efecto, a Ishiguro le gusta iluminar el pasado, le gusta cambiar de hora, siempre y cuando a la pregunta sobre el pasado siga un enorme signo de interrogación.

¿Cómo leer a Ishiguro? Como un habitante de dos mundos. ¿Y qué significa ser habitante de dos mundos?: mojarse en Oriente y secarse en Occidente; salir de noche de Occidente y amanecer en Oriente. No quiere decir nada que solo exista el pasado perpetuo que abarca todo el presente. El anfibio Ishiguro tiene los dones del tiempo, y lo mejor es su manera de imaginar la edad adulta como una metáfora de la orfandad. Tiene razón: fuera del jardín de los primeros años no hay más que recuerdos. Sin el jardín de la infancia no somos más que extraños que no hacen ruido al caminar. ¿O de qué jardín quieren huir, o con cuál reconciliarse, los dos ancianos protagonistas de El gigante enterrado?

Bienvenidos a la casa de Ishiguro. Tiene zonas destruidas por la guerra y refleja una luz pálida que te alcanza cuando vuelves a ver el hongo nuclear en los jacintos que rodean el altar budista. Cualquier rincón trae noticias del pasado, cualquier puesta de sol es una evocación. Bienvenidos a la casa de Ishiguro. Deja tus zapatos en el umbral. Debes ser minucioso, piérdete en el detalle. ¿Una taza de té?